Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

Las lágrimas de Julio César en Cádiz

Cuentan los cronistas que el líder y político romano lloró únicamente tres veces en su vida. Y una de ellas fue en la Gades romana como refleja en la última obra del afamada escritor Jesus Maeso en "Las lagrimas de César”
Manolo Sanchez
27/10/2017
Cádiz

Nadie duda de la vinculación de nuestra ciudad con el Imperio más grandioso y longevo que ha conocido la historia. Pero la letra pequeña nos indica no sólo lo importante que era para Roma nuestra Gades, sino también lo importante que era para el resto de la ecumene, o mundo conocido.

Los templos. Ahí estaba la diferencia. Tan famoso o más que el templo de Delfos era el templo de Melkart. El punto religioso más lejano del orbe, que limitaba con el fin del mundo y el único lugar por donde se escapaba el agua que atesoraba el Mare Nostrum. El finis terrae.

Aún teniendo multitud de deidades, propias e incorporadas de las sucesivas conquistas, los romanos no eran de por sí religiosos. Eso sí, eran muy supersticiosos. Y Cesar como romano también lo era, aunque menos que la muchedumbre que lo apoyaba.

Aún no era nadie, solo un cuestor o simple recaudador de impuestos, cuando se acercó por primera vez a Gades. Y lo hizo atraído por varias razones. La superstición rondaba su cabeza, pues presentía que estaba predestinado a realizar grandes hazañas. Su razonamiento se basaba en que aunque provenía de una familia austera y se había criado en el barrio más humilde de Roma (la Subura), su genealogía lo presentaba como descendiente de la diosa Venus y de Eneas, héroe troyano que recaló en el Lacio para que sus descendientes Rómulo y Remo fundaran Roma. Su apellido lo obligaba.

Es en ese acercamiento a Gades para recaudar impuestos donde conocerá a Balbo el Tartesio. Y claro, la visita al templo era obligada.

Esta visita provocó varias anécdotas que han llegado hasta nuestros días. De ellas nos hablan Plutarco y Suetonio. Ambos historiadores son 100 años posteriores a los hechos acaecidos, pero se entiende una mayor veracidad a lo narrado por Suetonio, que nos cuenta que “suspiró profundamente como lamentando su inacción”. Es Plutarco en sus Vidas Paralelas el que otorga más dramatismo describiendo que lloró amargamente. Cesar se apostó ante la estatua del general Alejandro Magno y comprendió que con la misma edad que él tenía, Alejandro había conquistado el mundo. Y decidió darle un giro a su vida. Y vaya si lo dio.

Además, su superstición le exigía una señal. Y se encomendó a los secretos de la profetización de las sacerdotisas del Templo. Turbado y dirigido por las emanaciones de las piras de opio, efedra, coriandro… cayó en el profundo sueño que el propio templo exigía para ser descifrado. Y soñó el peor de los sueños. Que violentaba a su madre de la peor de las maneras posibles. Su traducción al dia siguiente por la sacerdotisa fue determinante: Si sueñas que posees a tu madre, es que poseerás Roma y, a por ende, el mundo.

Ese fue el espaldarazo definitivo. En el templo entró un hombre dubitativo de su destino y salió, posiblemente, el mayor general y estadista que conoció el mundo antiguo. Todo esto de la mano de Lucio Cornelio Balbo, único cónsul de Roma no romano. Y pasó en Gades. En Cádiz. Y aquí como si nada. Ni una triste placa.

Todo esto no sólo lo cuenta Suetonio y Plutarco. Nos lo recuerda de una manera más cercana, acertada y bella nuestro querido amigo y maestro Jesús Maeso en su última novela “las lagrimas de Cesar”. Lean y disfruten.

 

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