Cosas de Cádiz
Manolo Sánchez

El apuñalamiento del panadero al regidor de Cádiz que finalizó impune

El asesino le asestó una puñalada en el corazón que, en palabras de Adolfo de Castro, “atravesó el espaldar del sillón de terciopelo en que estaba sentado" el 6 de febrero de 1800. A pesar de la recompensa de 6.000 reales por su cabeza, jamás pagó su crimen al lograr huir
Manuel Sánchez
20/04/2018
Cádiz

De la ciudad de Cádiz se dice en muchas ocasiones, con afán de denostarla, que es “madrastra de sus hijos y madre de los forasteros”. Quizá se recurra en esta conclusión que nadie es profeta en su tierra. No se si será una aseveración propia de la ciudad o es una máxima que se cumple normalmente en cualquier localidad de nuestra tierra. Lo que si es cierto es que Cádiz, al menos durante un tiempo, tuvo una tradición criminal y cainita con sus gobernadores y mandatarios.

Es de sobra conocido el infausto asesinato del general Solano en aquellos días en los que no sabíamos aún si los ingleses eran los de siempre o eran nuestros nuevos amigos, y si los franceses no venían a traer la luz y la ilustración, si no más bien a llevarse bien “lo que haya que llevarse”. Las turbas lo despedazaron como a un muñeco. Pero no fue el único ni el primero.

Y es que pocos años antes, justo 8 años, otro gobernador de Cádiz moría apuñalado a manos de un maleante. Fue un 5 de febrero de 1800. El diputado del gremio de panadería, regidor perpetuo de la ciudad y caballero de la orden de Santiago, don Pascual de Arteaga y Bazán venía insistiendo en llamar al orden a un panadero de nuestra ciudad llamado José González. Éste se jactaba de engañar a todos los gaditanos con los continuos latrocinios que ejercía en su profesión. Vendía el pan más caro, o de peor calidad, o vendía menos peso del que se pagaba. Lo cierto es que era conocido en toda Cádiz su usura y su engaño. El diputado Arteaga insistía en la corrección de sus prácticas y el panadero proseguía en su engaño hasta el punto de prohibírsele que amasase y vendiese.

A las 6 de la tarde de ese 5 de febrero de 1800 se presentó José González en el juzgado ante el regidor para pedirle que retirase dicha prohibición con la promesa de no delinquir más, con la evidente respuesta del regidor de no creerse sus palabras. Y casi sin acabar de pronunciar su negativa, le asestó el panadero una puñalada en el corazón que, en palabras de Adolfo de Castro, “atravesó el espaldar del sillón de terciopelo en que estaba sentado”.

El asesino logró abrirse paso entre los allí presentes puñal en mano y huyó en busca de refugio. Se ofreció un premio de 6.000 reales a quien diese noticia. Pero se esfumó por arte de magia. Logró salir de la ciudad impune y sin pagar por su asesinato, ni por los engaños a sus conciudadanos. Algo que, también como los dichos, es muy común en nuestra ciudad. ¿O es también común al resto?

 

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